Por no hablar de Cataluña

…ni mucho menos del País Vasco (o de Valencia, o de Baleares, ¡o de Galicia!), el PP de Pablo Casado se ha puesto a hablar de Madrid, donde arrasa… Díaz Ayuso, del PP -¿del “PP de Pablo Casado”? Esta es la cuestión… para Pablo Casado, pero no para los demás dirigentes, militantes y simpatizantes de la formación-. ¿De veras vuelve la caza de brujas rajoyana al PP?

Hay una mayoría clara de ciudadanos españoles dispuestos -casi diría que preparados a conciencia, a lo Savater- a votar por las candidaturas de PP y Vox para desalojar a Pedro Sánchez de La Moncloa y poder con ello retomar, aun a trancas y barrancas, la senda de las reformas democráticas de la que la Nación -“concepto discutido y discutible”- fue desviada por el perverso Zapatero desde 2004.

Entre dichas reformas, por descontado, el nuevo Gobierno debiera resolver con arreglo a la Constitución la elección de los jueces, el establecimiento de un sistema educativo nacional digno de este nombre y exigente en pos de la excelencia, la implantación de una tarjeta sanitaria para todos los españoles de uso en cualquier lugar del territorio nacional…

Pero en el PP no parecen del todo dispuestos a hacerse cargo de semejante responsabilidad -decisiva para el porvenir de España y de los españoles en las próximas dos o tres décadas-, y de ahí su constante distanciamiento de las posturas de Vox, no hace tanto defendidas con ilusión y hasta coraje por buena parte de los simpatizantes, militantes y dirigentes del PP.

A estas alturas de la legislatura (y del embrollo) que comanda el psicopático mádelman que se pretende Presidente, reiterar que Casado sólo alcanzará el Gobierno con el apoyo de Vox -porque de lo contrario, de apoyarse en un PSOE de Sánchez semiderrotado, llevaría a la definitiva quiebra moral (¡y política también!) al PP- no sirve, en rigor, de nada.

En el PP debieran ser perfectamente conscientes de ello, habida cuenta de la situación estrictamente política en comunidades como Andalucía, Castilla y León y Murcia -donde sus gobernantes dependen del apoyo de la formación de Santiago Abascal- no menos que en otras como el País Vasco o Cataluña, donde los “populares” se encuentran al borde de la extinción.

Más aún, de atender a las encuestas que tanta coartada habitual les proporcionan para no hacer nada a los gerifaltes de Génova, los ciudadanos dan por descontado esa mayoría de PP y Vox, que además entienden que debe alcanzar el rango de absoluta para, precisamente, llevar a cabo sin dilación y con firmeza las reformas democráticas antedichas y otras tantas en consonancia con ellas.

Y algunos, por no hablar de “lo de Cataluña”, barajando los nombres de una Camins o de un Martínez-Almeida para presidir el partido de Isabel Díaz Ayuso. Déjà vu?

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“Los niños son fascistas”

…me dijo un amigo a nuestros 18-19 años, y me parece que no se refería -o no sólo- a la tiranía sobre los padres (tan reciente como creciente), sino a sus relaciones con la realidad y con el entorno en que se desenvuelven naturalmente, lo que incluye a otros niños como ellos a los que muy pronto identificarán (como iguales o desiguales), clasificarán (como mejores o peores) y acabarán por elegir (como amigos o enemigos).

La ocurrencia en sí -el desarrollo es mío- me pareció graciosa, aunque no recuerdo a qué venía, pero supongo que a cuenta de constatar la tremenda violencia (física y verbal) que se ejerce durante la infancia contra propios y ajenos, entre los niños así como entre las niñas, a veces producto de una repensada malicia, otras de manera espontánea, pero siempre liberada contra aquellos precisamente desiguales, “peores”, débiles, enfermos…

De ahí la pura lógica de colegios y centros educativos de distinto tipo para atender a los alumnos con discapacidad o desventajas patentes, lo cual no incluye desde luego a los bajitos, gordos, larguiruchos, seisdedos y demás que puedan verse en algún momento dado “desiguales” o “peores” que la media de sus compañeros escolares. Porque precisamente la Igualdad política democrática consiste en tratar igual a los desiguales.

Así que los niños se comportan como nazis, cuando ahora miro retrospectivamente a mi propia infancia, pero sólo una ínfima minoría de ellos lo hace por sadismo o rencor, mucho menos por ideología: tan sólo se trata de criaturas que buscan su espacio vital a codazos y dentelladas, hasta que llegan a la edad (si han sido debidamente formados moralmente) en que son capaces de sentir piedad, compasión o mera indiferencia por los desfavorecidos del mundo.

Mi amigo se refería probablemente también a esa exuberante vitalidad y falta de miedo ante el riesgo que caracteriza a los niños cuando se los deja un poco libres, un poco salvajes -lo que equivale a atestiguar que todo hombre sin una tradición moral devendría en depredador bajo el signo de la esvástica (o cualquier otro)-, y se dedican básicamente a competir, pelear o apalizar a algún otro “inferior” a ellos. Aunque también les pueda dar por jugar a algo.

Por eso la educación tiene que ver con modelos decentes, propios de adultos y no de adolescentes tatuados hasta las cejas, y bebe asimismo de la fuente constante de la tradición -el legado de los que nos antecedieron enfrentando los mismos problemas esenciales que tenemos y tendrán siempre los hombres ante sí-, y no se deja arredrar por los espasmódicos modos de unos infantes ignorantes, puro nervio o pura dejación, agresivos e incuriosos.

Todo lo contrario: la educación consiste en encauzar esas desbordantes energías, alimentando la curiosidad con la multiplicación de los puntos de vista con que se puede acometer el estudio de la naturaleza, precisamente en la mente abierta de un niño; y deplorar cada mala acción, cada mal gesto, cada insulto a un semejante “desigual”, cada infracción del código moral que nos convierte en sociedad alejados de la manada -no la de los lobos sino la humana, que es peor-.

En definitiva, porque altos son los sueños idealizados en la infancia, que tan fácilmente engendran monstruos del pensamiento (y de la acción política) si se vuelven crónicos durante la adolescencia, tenía mucha razón mi amigo cuando decía que “los niños son unos fascistas”, unos verdaderos nazis inofensivos en su inmensa mayoría -diría yo-; a no ser que a los 10 o a los 12 años en vez de un buen sopapo por pegar a otro les regalen su primera pistola.

Es así o puede ser así en cualquier lugar del mundo; así que de todos y cada uno depende.  

El patio es un aburrimiento

…según me comenta la niña -y yo no he de creerle a ella menos que a las (presuntas) autoridades educativas, por cierto-; y eso que parece algo inútil adoptar según qué medidas de puertas adentro del recinto escolar si luego, a la salida del cole, los niños se quedan jugando en el parque como hacían antes, como han hecho siempre los niños: de manera algo violenta y escandalosa, entre alaridos y llantos y risas sin cuento.

Esta temporada gris que perdura -pese a las graves efusiones veraniegas: ¡no había que preocuparse hasta otoño, dijeron las (presuntas) autoridades sanitarias!- depara de nuevo esa sensación de extrañeza, de bilocación entre lo que se cree vivir y lo que en realidad vive uno, en cuanto que empezamos el curso con la confianza de que los niños por fin tendrán clases y, simultáneamente, resulta impensable que pueda durar mucho dada la extensión y número de los contagios en España.

Hasta ahora hemos asistido al inicial fracaso en la materia de Israel -antes del verano-, pero puede estimarse que pagaron por su osadía e incluso, en su descargo, podría aducirse que sólo se atrevieron a reabrir los colegios cuando creyeron tener bajo control la pandemia. Otros países como Francia y Reino Unido se enfrentan a similar incertidumbre con la vuelta a las aulas, cuando las tasas de contagio no dejan de ser tampoco preocupantes.

Y, pese a todo, el alarmismo generado en la sociedad española por el Gobierno y la mayoría de los medios de comunicación -bien que a disposición de las necesidades del tándem Sánchez-Iglesias en las tortuosas coyunturas que atraviesan en su declarada “nueva normalidad”- no hace sino reforzar esta sensación pasmosa de irrealidad que no nos ha de abandonar ya hasta que se produzca un nuevo colapso sanitario o se alcance el éxito en la vacunación (¿forzosa?) de gran parte de la población.

Entretanto, nuestros (presuntos) responsables políticos se divierten en el recreo con sus zarandajas y riñas de patio de colegio -precisamente-, pues ya abandonó la escena la única persona que ejercía de adulto. Así que puede que resulte extravagante fiarlo todo a la Buena Suerte, o bien encomendarse al Principio de Indeterminación, pero no menos en todo caso que esperar la adecuada planificación preventiva por parte de quienes todavía pretenden seguir como si nada hubiera pasado en lo que va de año -Primer Año Garrafal del Gobierno de Progreso, para más señas-.

Más Guerra Civil y más Sexo Cuestionado a falta de una sola idea sana para fomentar la recuperación económica, que total ya pagamos entre todos los desmanes del Gobierno -que es un desmán en sí mismo- sobre el fondo de un Estado de las Autonomías chapucero, divisor y tan oneroso cuanto insostenible. Mientras, los ingobernados españoles sólo podemos aspirar a que el patio de los críos siga siendo aburrido -como se dice que es el estado ideal de los sistemas bien organizados- durante algunos meses más; pero la verdad es que a día de hoy resulta increíble.    

Blanco

…es el último libro de Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964) -autor de uno de los superventas más transgresores de finales del siglo XX, American Psycho- y surge más como una reacción al asfixiante predominio de lo políticamente correcto de la mano de las políticas identitarias que como un deliberado ejercicio autobiográfico, si bien funciona asimismo a modo de memorias desperdigadas por su trayectoria vital y literaria.

A fin de cuentas, sólo recordar cómo era el mundo que conocimos nos permite contrastar el estado de delirio social que padecemos actualmente los occidentales -no sólo en los Estados Unidos de América- con aquella época libérrima en la que parecía que todo iba a ir progresivamente a mejor bajo la égida del Imperio USA y el triunfo de Madonna y Michael Jackson, las películas de Spielberg y la eclosión de los yuppies de Wall Street.

Un mundo que precisamente Ellis diseccionó en su American Psycho, dando a entender que bajo la fachada de alegre desenfado únicamente enfocado al éxito profesional, tan propio de la era Reagan, se escondía la personalidad vacua de gente que no sabía muy bien para qué deseaba llegar a lo más alto. Y, no obstante, aquellos tiempos de desparrame eran más asequibles para el común de los mortales que éstos, en cuanto que todavía se podían expresar opiniones discordantes.

El título refiere precisamente al paradigma vigente del blanco o negro que anula los matices en estos tiempos de enfermiza interconectividad vía redes sociales, las cuales fomentan el exhibicionismo emocional a despecho de surtir de presuntos argumentos victimizadores a aquellos cuyas vidas dependen aparentemente del número de likes que susciten sus fotografías o comentarios sentimentales sobre cualquier tipo de asunto o problema (real o no).

Desde la portada de color blanco, donde se resalta en negrita “Blanco” de una lista de términos que podrían calificar al propio Ellis –Escritor Crítico Tuitero Hater Lover Deslenguado Transgresor Hombre Blanco Privilegiado-, hasta los títulos de las partes que componen el libro -Imperio, Actuar, Álter ego, Postsexo, Gustar, Tuitear, Postimperio, Hoy día-, el autor confronta los modelos de su niñez como hijo de boomers (nacidos entre 1945 y 1965), las polémicas de su juventud como miembro de la generación X, y la actual deriva absurda de los menores de 40 años, de quienes se burla como pobres inadaptados infantilizados por redes y TV con una sensibilidad siempre a flor de piel, y un consecuente ánimo inquisidor que ya no deja resquicio alguno a la menor expresión de humor, se trate de ironía, juegos de doble sentido o mordacidad.

NIÑOS SIN PADRES ENCIMA

Como muestra de su infancia, una época en que si se iba al cine “los padres decidían qué películas veían los niños y nosotros íbamos con ellos y punto”, cabe extraer esta larga cita, ya sin padres cerca:

“Esta permisividad respecto al contenido no resultaría aceptable para la mayoría de los padres actuales, pero en el verano de 1976 no era extraño tener once o doce años y sentarse a ver varias sesiones seguidas de La profecía en un cine inmenso con una pantalla gigante (acompañado por los hermanos mayores de otros amigos a causa de la clasificación de la película, y disfrutando la decapitación a cámara lenta de David Warner) (…) Hojeábamos los libros de Jacqueline Susann y Harold Robbins de la librería de mi abuela y veíamos El exorcista en el canal Z (…) después de que nuestros padres nos prohibieran seriamente que no la viéramos, pero, por supuesto, la vimos de todos modos y, como era de esperar, alucinamos. Veíamos sketches de gente metiéndose cocaína en Saturday Night Live y nos sentíamos atraídos por la cultura disco y las películas de terror sin ironía. Consumíamos todo eso y nada nos afectó, nunca nos perjudicó porque la oscuridad y el mal humor de la época estaban por todas partes y reinaba el pesimismo, que se consideraba un atributo de lo moderno y enrollado. Todo era un timo, todo el mundo era corrupto y a todos nos criaban con comida poco saludable. Podría argumentarse que todo eso nos jodió, o quizá, desde otro punto de vista, que nos curtió. Visto con casi cuarenta años de distancia, probablemente nos hizo menos miedosos. Sí, éramos alumnos de sexto o séptimo en una sociedad donde no existían los filtros de protección paterna. No teníamos a nuestro alcance Tube8.com, ni vídeos de fisting en el móvil, ni Cincuenta sombras de Grey ni rap gangsta ni videojuegos violentos y el terrorismo todavía no había arribado a nuestras costas, pero éramos niños que vagaban por un mundo pensado prácticamente solo para los adultos. A nadie le importaba lo que viéramos o dejáramos de ver, cómo nos sentíamos ni lo que queríamos y todavía no nos había cautivado la cultura del victimismo. Comparado con lo que se considera aceptable hoy día, cuando se mima a los niños hasta convertirlos en inútiles, fue una edad de inocencia.”

Aunque tal vez la siguiente cita condense mejor la tesis básica del libro, con su nítido contraste generacional:

“A una edad muy temprana comprendí que no llevarse más que decepciones, desilusiones y penas convertía la alegría, la felicidad, la conciencia y el éxito en más tangibles y considerablemente más intensos. No nos daban medallas por hacer un buen trabajo ni nos premiaban solo por hacer acto de presencia: había ganadores y perdedores. Todavía no existían los tiroteos en las escuelas -al menos, no eran una epidemia-, pero nos pegaban, normalmente niños mayores y por lo general sin que nuestros padres se apiadaran de nosotros, ni tan siquiera lo comentaran. Y desde luego no nos decían que éramos especiales a la menor ocasión. (Sin embargo, no recuerdo que uno solo de mis compañeros de infancia y adolescencia se suicidara, ni en el ámbito nacional ni en la educación privada de Los Ángeles). Era el desafío descontrolado de las películas de terror lo que hacía que pareciera que el mundo funcionaba así: a veces ganabas, a veces perdías, así es la vida, todo esto me está preparando para algo, es lo normal. Esas películas reflejaban la decepción de la edad adulta y de la vida, decepciones que yo ya había presenciado en el matrimonio fracasado de mis padres, en el alcoholismo de mi padre y en mi propia infelicidad y alienación infantiles, con las que lidiaba yo solo y que trataba de procesar igual de solo. Las películas de miedo rodadas en los años setenta no tenían reglas y a menudo carecían de una historia de fondo tranquilizadora que explicase el mal y lo convirtiera en una metabroma posmoderna. ¿Por qué acosaba el asesino a las estudiantes de Navidades negras? ¿Por qué era poseída Regan en El exorcista? ¿Por qué nadaba el tiburón alrededor de Amity? ¿De dónde provenían los poderes de Carrie? No había respuestas, igual que no había justificaciones concretas y con un significado ulterior para el azar de la cotidianidad: las putadas ocurren, apechuga, deja de lloriquear, asúmelo, crece, joder. Aunque con frecuencia deseaba que el mundo fuera de otro modo, también sabía -y el cine de terror contribuía a confirmarlo- que nunca iba a cambiar, una constatación que a su vez me condujo a cierta aceptación. El terror suavizó la transición desde la supuesta inocencia de la niñez a la previsible desilusión de la vida adulta y, además, afinó mi sentido de la ironía.”

TRUMP COMO CONTRAMODELO

Para quien no conozca al autor ni su obra, resulta que hablamos de un libérrimo varón homosexual que conoció el éxito con poco más de veinte años con su primera novela Menos que cero, adaptada casi de inmediato al cine -con lo que eso supone en la industria del espectáculo USA: hacerse multimillonario-, y que no ha dejado de colaborar con guiones en series de televisión y películas de Hollywood hasta nuestros días.

No obstante, también Ellis se vio enfrentado a presiones y censuras, propias por lo demás de cualquier sociedad libre y plural, a cuenta de su celebérrima American Psycho:

“En noviembre de 1990, a dos meses del lanzamiento que Simon & Schuster había anunciado en primavera, la publicación se canceló. Se habían distribuido galeradas y algunos lectores defendían (lo hubieran leído o no) el libro que yo creía haber escrito, una tenebrosa farsa con un narrador poco fiable, pero no importó: el ruido de los ofendidos retumbaba demasiado, y fui expulsado de una organización a la que ni siquiera sabía que pertenecía. Al final me permitieron quedarme el adelanto y otra editorial (de hecho, más prestigiosa) compró los derechos y se aprestó a publicar el libro en rústica en la primavera de 1991, una semana después de que, supuestamente, terminaran los combates de la Guerra del Golfo. Conforme fueron pasando los años y la controversia que rodeó a American Psycho se calmó, la novela se leyó por fin con el espíritu con el que había sido creada: como una sátira. Y algunos de sus mayores paladines fueron mujeres y feministas, como Fay Weldon y Mary Harron, que la adaptó en una elegante comedia de terror protagonizada por Christian Bale y estrenada nueve años después en la que, a diferencia de lo sucedido en Las reglas del juego, todos los diálogos y las escenas estaban tomados del libro. Lo único que aprendí de todo este asunto fue comprender que no se me daba bien prever lo que irritaría a la gente porque a mí el arte nunca me había ofendido.”

Y, no obstante, casi tres décadas después el mismo escritor que había satirizado al establishment de su tiempo, representado por el “tiburón” financiero de Wall Street, se ve prácticamente obligado a terciar en la polémica antiTrump desatada por las mismas élites progresistas de Nueva York y Los Ángeles a las que él, gracias a su éxito literario, pertenece a su manera, y de hecho se permite recordar lo más obvio:

“En American Psycho había elegido a Donald Trump como héroe de Patrick Bateman y había investigado más de una de sus odiosas prácticas empresariales, sus mentiras descaradas, cómo había dejado que Roy Cohn ejerciera de mentor suyo o el tufo racista que no desentonaba del todo en un hombre con sus orígenes y su edad. Había leído Trump, el arte de la negociación y seguido su trayectoria, y había hecho los deberes necesarios para convertir a Trump en un personaje capaz de flotar por toda la novela y ser la persona a la que Bateman aludía siempre, a la que citaba y en quien aspiraba a convertirse. Los jóvenes, los tipos de Wall Street con los que traté durante mi investigación inicial, se sentían cautivados por él. Trump les inspiraba, algo que me inquietaba en 1987, 1988 y 1989, y por eso se le menciona más de cuarenta veces en la novela. Bateman está obsesionado con Trump, el padre que nunca tuvo, el hombre que quiere ser. Quizá por eso no me cogió por sorpresa cuando el país lo eligió presidente; en el pasado había conocido a mucha gente que lo admiraba, y ahora también. Desde luego, a uno podía no gustarle que lo hubieran elegido, y aun así entender y comprender por qué lo habían votado sin sufrir una crisis mental y emocional. Cada vez que escuchaba a ciertas personas perder los papeles hablando de Trump, mi primera reacción siempre era la siguiente: “Deberías medicarte, tienes que ir al psiquiatra, tienes que parar ya de permitir que ese “hombre malo” te ayude a concebir tu vida entera como un proceso de victimización». ¿Por qué se hacían eso? Seguro que había gente -los beneficiarios del programa de protección a los inmigrantes llegados en la infancia (DACA) o aquellos de los que se ocupaba el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE)- que estaba en su derecho de asustarse, pero ¿la clase media alta blanca de las universidades, de Hollywood, de los medios de comunicación y de Silicon Valley? Si odiabas a Trump, ¿por qué ibas a permitirle ganar metafórica además de literalmente? Pues eso es justo lo que ocurrió a lo largo del año siguiente y de 2018: la gente que detestaba a Trump se estaba obsesionando con Trump. Los progres ricos y privilegiados que yo conocía eran siempre los más histéricos y quienes peor lo pasaban.”

De hecho, acostumbrado a tener parejas millenials -varias de ellas judíos progresistas multimillonarios-, Ellis acaba por supurar la tensión que supone convivir con alguien que, lejos de representar una víctima objetiva de un «sistema injusto y opresor» (¿acaso no resuena aquí la cantinela de nuestros separatas y podemonios?), se pasa el día lloriqueando por la presunta afrenta inenarrable de tener a alguien como Trump de presidente de la Nación -cuando en rigor Trump perteneció hasta la llegada de Obama al Poder a esa élite neoyorquina del Partido Demócrata que agasajaba y financiaba a los Clinton a la menor ocasión-.

HOLLYWOOD O LA RENUNCIA A LA LIBERTAD

El libro repasa a vuelapluma diferentes episodios de la biografía literaria y cinéfila de Ellis, su educación sentimental y sus concepciones como crítico de los diversos fenómenos de masas de la cultura pop de los 70′ a nuestros días -de Richard Gere en American Gigolo, como momento fundacional de la iconografía gay en el cine, a las refrescantes bandas pop de los 80′, de Blondie a las Bangles-, sin cesar de intercalar mordaces apuntes y reflexiones morales sobre personajes convertidos por los medios de masas en «mitos» (o antimitos) y superestrellas como David Foster Wallace, Tom Cruise, Kanye West o Charlie Seen, por distintos motivos pero con un objetivo comprensivo: mostrar cómo la industria USA del entretenimiento ha pasado de fomentar la sexualidad de las figuras como medio legítimo de atraer lectores y espectadores a la taquilla y a los conciertos a convertirse en una especie de Inquisición de la No Ofensa hacia las Identidades Particulares, al devenir en el principal foco de censura y exclusión de los discrepantes de (o meramente ajenos a) la nueva sensibilidad de lo que Ellis ha denominado sarcásticamente “Generación Gallina”, en referencia a los millenials:

“Con cada vez menos empresas dirigiendo el cotarro (puede que pronto quede solo una) probablemente mis colegas se vieron en la necesidad de acatar las nuevas reglas: sobre el humor, sobre la libertad de expresión, sobre lo que era divertido y lo que ofendía. Los artistas -o, en la jerga local, los creativos- no debían forzar los límites, pasarse al lado oscuro, explorar tabúes, hacer bromas inoportunas ni llevar la contraria. Podíamos hacerlo, pero no si queríamos dar de comer a la familia. Esta nueva política te exigía vivir en un mundo donde no se ofendiera nunca a nadie, donde todos fueran siempre amables y educados y las cosas siempre inmaculadas y asexuadas, a poder ser incluso sin género, y ahí fue cuando comencé a preocuparme de verdad, cuando las empresas empezaron a querer controlar no solo lo que decías, sino también tus pensamientos e impulsos, incluso lo que soñabas. Teniendo en cuenta el aumento de la influencia de las compañías, ¿podría el público consumir productos que no estuvieran autorizados o que flirtearan temerariamente con la transgresión, la hostilidad, la incorrección política, la marginalidad, los límites de la diversidad y la inclusión forzosas, todo tipo de sexualidad o cualquier otro elemento que fuera condenado con la omnipresente etiqueta de “advertencia de contenido inapropiado”? ¿El público estaba dispuesto a que le lavaran el cerebro o ya había ocurrido? ¿Cómo podían trabajar los artistas en un ambiente donde les aterraba expresarse a su manera o correr grandes riesgos creativos que podían bordear la frontera del buen gusto o incluso la blasfemia, o que simplemente les permitieran ponerse en la piel del otro sin que se les acusara de apropiación cultural? Pongamos, por ejemplo, una actriz a la que se rechazara para un papel que se moría por interpretar porque -respira hondo, camarada- no se ajustaba perfectamente al personaje. ¿No se suponía que los artistas debían vivir en cualquier parte menos en un refugio alérgico al riesgo donde la tolerancia cero era la exigencia primera y primordial? A finales del verano de 2018, la situación no solo parecía pronosticar un futuro intimidatorio, sino un nuevo orden mundial de pesadilla. Y comprendí que yo mismo estaba cayendo en la hipérbole de la que acusaba a los demás, pero no podía evitarlo.”

Un libro valiente y necesario, que también incide en cómo las redes sociales e internet en general, con su facilismo a la hora de brindar con inmediatez cualquier tipo de satisfacción primaria al usuario, ha acabado por erradicar el riesgo, el esfuerzo y el mero deambular por las afueras de nuestro cómodo refugio para procurarnos lecturas, música, cine o sexo. O mero contacto conversacional con otros seres humanos y con la propia realidad.

Se le puede augurar, pues, una bienvenida en el mercado anglosajón (al menos) similar a la que le ha deparado a Woody Allen la publicación de sus memorias A propósito de nada -de las que también procuraré tratar próximamente en esta misma página, antes de que la Nueva Inquisición Progresista de los Ofendidos las haga registrar en su particular y demencial Índice de Libros Prohibidos-.

Una estrategia para la Derecha (III). Las cuestiones básicas

…que deben constituir la alternativa al Frente de la Izquierda (PSOE-Podemos) apoyado por los separatistas pueden ser reducidas a dos: el fortalecimiento de las instituciones y la reforma del sistema educativo. Entiéndase que no son asuntos para tratar en una serie de eslóganes electorales, sino para trabajar en el día a día en aras de preservar y desarrollar los que son ambos fundamentos de la prosperidad y bienestar de las sociedades en el siglo XXI.

FORTALECIMIENTO DE LAS INSTITUCIONES

PP, Vox y Cs han incluido en sus programas numerosas propuestas para despolitizar la Administración de Justicia y la elección del CGPJ, y no fue poco grave que el partido de Casado se viera salpicado por uno de los últimos tejemanejes con el PSOE a la hora de repartirse los togados en el órgano de gobierno de los jueces. Por el bien de todos los ciudadanos, los tres partidos deben insistir en la vuelta al sistema originario preconizado por la Constitución de 1978.

Más relevante si cabe es la superación del actual “Gobierno parlamentario”, por escasamente representativo y porque genera taras como el “mandato imperativo” o “cierre de filas” de los diputados con su jefe de partido, sea este presidente del Gobierno o “jefe de la Oposición”, degradando la política parlamentaria a un mero intercambio de ataques entre facciones.

Separar el Legislativo del Ejecutivo es requisito básico para consolidar un sistema representativo y erradicar tanto la corrupción partidista como la dependencia del Gobierno de grupos minoritarios. Para ello es preciso reformar la Ley Electoral, y aún antes la misma Constitución. Por supuesto, ello implicaría que la suma de PP, Vox y Cs superara los tres quintos del Congreso, pero es que si no alcanzan dicha mayoría en el medio plazo la democracia podría degenerar en caudillismo.

La alternativa al Frente de la Izquierda debe ser de fondo, con una estrategia a largo, que no se limite a la reducción parcial del daño provocado por el populismo, sino que lo extirpe de todas y cada una de las instituciones: de la judicatura a los partidos, de los medios de comunicación a los sindicatos, de las universidades a los ayuntamientos. Prestigiar las instituciones frente a quienes las atacan pasa tanto por respetar su independencia como por mejorar la cualificación de sus miembros.

REFORMA DEL SISTEMA EDUCATIVO

En el mismo sentido, PP, Vox y Cs deben presentar un proyecto compartido de reforma integral de la Enseñanza, que tenga como base la instrucción pública universal y como meta la excelencia, que reconozca el mérito pero también el esfuerzo, que prepare mentalmente a los alumnos para decidir su carrera en la universidad, en la formación profesional o en otro tipo de estudios demandados por el mercado.

No siempre la Universidad procura trabajo; pero una vez cumplidos los 18 años todo joven debiera estudiar o trabajar, o ambas cosas a la vez, para paliar el declive de la población activa que se acentúa cada año en una sociedad envejecida como la española, mientras aumenta al par el número de jubilados dependientes de la Seguridad Social.

Elevar el grado de exigencia en la Escuela, en el acceso a la Universidad, en el mismo acceso a la Función Pública para docentes (y no sólo para ellos), junto con la superación de las doctrinas pedagógicas que han convertido los centros educativos (también superiores) en guarderías de adolescentes crónicos (incluidos los profesores) es el gran reto del sistema educativo español, cuestión en la que parecen coincidir PP, Vox y Cs.

Terminar con la endogamia en la Universidad y prestigiar y extender la Formación Profesional redundará en beneficios tangibles para la sociedad, las empresas y el Estado: potenciará la investigación, la cualificación y la innovación; reducirá el despilfarro y la corrupción en las facultades, fomentará la competencia entre centros y acabará por disminuir considerablemente el paro (sobre todo el que se ha cronificado en ciertos sectores de edad).

POR UNA ALTERNATIVA MODERNA A LA DECRÉPITA ESPAÑA DEL SOCIALISMO

No se trata de enumerar ante la opinión pública un discurso lleno de buenas intenciones, sino de apostar por el que saben (PP, Vox y Cs) único modelo de éxito para una sociedad del siglo XXI: el que se basa en la libertad y en la igualdad de oportunidades (acceso universal a la Educación y a la FP), en el esfuerzo y en la exigencia tanto como en la selección de los mejores, así como en el requisito del mérito para la promoción del funcionariado y en el reconocimiento de la función social de las empresas.

Básicamente, se trata de defender todo aquello que odian los representantes actuales de la Izquierda en España (PSOE y Podemos), que sólo pueden aspirar a controlar todos los mecanismos sociales e institucionales para tratar de imponer a todos la hegemonía de una ideología atávica que desconfía de la libertad personal, que execra el mérito tanto como el lucro legítimo y que se muestra incapaz de gobernar la complejidad de una sociedad que les viene tremendamente grande.

Con el fortalecimiento de las instituciones y la reforma del sistema educativo vendrán los cambios en ámbitos como el económico, pero también de mentalidad de los ciudadanos: España se ha convertido en escenario de una permanente protesta airada, de una queja continua e irritante, de una inmadura insubordinación contra los elementos básicos del capitalismo y de la misma democracia. Por ello PP, Vox y Cs deben abandonar todo populismo para dotar de autoridad a su discurso.

Cambiará así además, paulatinamente, la visión de los españoles hacia la Nación y el papel internacional que debe interpretar España, lo que demanda de una política exterior digna de tal nombre, coherente y sostenida en el tiempo por parte de PP, Vox y Cs, que enfrente su modelo al “bolivariano” actual de PSOE y Podemos, entre Cuba e Irán con parada en Gaza y visita a Moscú.

TERCERA CONCLUSIÓN

En vez de entretenerse subrayando los matices que diferencian sus propuestas, PP, Vox y Cs debieran cerrar filas en torno a las cuestiones básicas, incluso con la firma de pactos -a la manera de «pactos de Estado» pero no con un Gobierno anticonstitucional, sino entre las fuerzas que defienden la Nación y la democracia-.

Así lograrían ofrecer una verdadera imagen de unidad ante la base electoral de la Derecha sin renunciar de primeras a las siglas, y al par sentarían las bases para la futura unidad de acción (electoral o postelectoral) que aquélla les demanda para enfrentar al Gobierno del Frente de la Izquierda como una alternativa sólida y creíble -algo que puede comenzar a hacerse a partir de los acuerdos alcanzados ya en las autonomías que gobierna el Centro-Derecha-.

Ello implica de partida resaltar la absoluta coincidencia de fines de los tres partidos en materias como las citadas del fortalecimiento de las instituciones (incluida la política exterior de España) y de la reforma educativa, o lo que es igual: rebajar las expectativas y pretensiones propias con el fin de evitar los roces y desavenencias entre los tres partidos «amigos», a quienes de todas las formas va a tratar de dividir el Frente de la Izquierda como prácticamente la única estrategia viable para aferrarse al Poder.

[CONTINUARÉ]

Memoria o caos

…es la disyuntiva planteada en términos conservadores, ocasionalmente reaccionarios, por el escritor mallorquín Valentí Puig -novelista, poeta, hace no tanto director de la delegación del ABC en Barcelona-, en su reconocible estilo entre la ironía grave y el sarcasmo velado por los refinamientos de una prosa culterana, de aparente superfluidad como el objeto tratado: la sociedad contemporánea.

“Detesto las formas y las costumbres del nuevo siglo. No me gustan el absolutismo del tuteo, los camareros con camisa negra, la España tatuada, que andemos por la calle como zombis con un iPhone. Me incomodan el emocionalismo, sentirse víctimas de todo y contra todo, el sincorbatismo, exigir nuevos derechos y ridiculizar los deberes. No quiero andar por la calle con un botellín de agua mineral ni dejar de dar las gracias. No acepto equiparar a Beethoven con el rap, creerse inocentes en un mundo hobbesiano, destruir los recetarios de nuestra abuela. Me parece catastrófico el desprestigio de la lectura, de la vida intelectual, el narcisismo del selfi y los mayores que quieren ser muy jóvenes. Prefiero la belleza de la arruga a la patética carnosidad del bótox. Querer ser siempre jóvenes degrada. Que el honor y la integridad sean considerados como una vieja serie filatélica da grima. La familia se fragmenta como las porciones de una pizza a domicilio. El lenguaje se desarticula, se oxida el clásico utillaje del pensamiento. La civilización se ha convertido en un clínex de usar y tirar.”

En este fragmento que abre el libro se compendian todos los síntomas que Puig va a analizar con el mismo estilo plástico que le sirve para representar todo un cuadro de costumbres de la sociedad actual, a la que por momentos dirige su crítica feroz antes de replegarse en la reflexión para tratar de comprender y adivinar si pudiera quedar algo a salvo de la destrucción amoral que avanza a velocidad vertiginosa a lomos del consumismo, la hiperconectividad y la homologación seriada de seres humanos como nuevos productos para satisfacer la voraz demanda de la época.

Y contra la desintegración de todo principio, tradición o costumbre, Puig reivindica la vigencia de las formas, que se asientan como todo legado en la memoria de lo que antaño fue prescrito como bueno por quienes nos precedieron:

“Invocar el tiempo de civilización de la memoria no es nostalgia de un viejo orden. Es que la desmemoria banaliza y corrompe, como un despojo residual, lo que la memoria todavía preserva de la extinción. Sin conocimiento y respeto por el pasado, ¿para qué debiéramos asegurarnos el latido de la excelencia, de la superación, de la ambición por el dominio de la palabra, la exaltación de la belleza, la trascendencia o la integridad de la virtud pública? Los peones de la nueva barbarie han entrado en casa y a martillazos destruyen el disco duro de la memoria individual -moral, estética- y colectiva, como comunidad y continuidad.”

FRESCO DE COSTUMBRES AMORFAS

Como en artículos y obras anteriores, el autor no deja escapar aspecto de la vida cotidiana que pueda distinguir para bien o para mal un tiempo, un lugar, una sociedad concreta -tan concreta y específica- como la española, por lo que no es de extrañar su pincelada acerba de las nuevas costumbres (servidumbres) gastronómicas del país:

“La sucesión de gasificaciones, fusiones, casualidades y engaños transforman la cocina y la mesa en una dicotomía: renovarse o aburrirse. En los restaurantes de toda la vida, el maître deviene un fósil y aparecen jóvenes un poco mandonas que nos imponen la combinación del primero con el segundo, secundadas por un sumiller sin afeitar que sugiere, paternalista, los caldos del país. Hacer país con el vino. Renovarse es imaginativo, divierte, nos da algo de que hablar, a diferencia de otras épocas en las que comer equivalía a conversar. Y también a conservar un pedazo de civilización que no se había sometido a ninguna invasión o diluvio. Atomizada la coherencia entre pasado y presente, el festín no se sostiene ya por sí mismo, sino por su decorado y manierismos.”

Como tantos otros de su generación, Puig apunta asimismo al 68′ como origen de buena parte de las incongruencias que afligen a la sociedad actual, incidiendo en cómo la voladura de las formas dio paso a todo lo demás:

“Sin diferenciar entre el uso del tú y el usted, regresas a la idea del buen salvaje que se enfrenta a la perversión institucional. En realidad, suele ocurrir al revés: las instituciones son el resultado evolutivo de una acción humana predispuesta a una noción del bien común que someta los peores instintos del hombre a formas consensuadas de convivencia y de avance social. A partir de Mayo del 68, las instituciones se hicieron sospechosas. El usted comenzó a ser mal visto, especialmente en las aulas. Ya recelábamos de instituciones como el Ejército o la Iglesia -toda forma de autoridad, por legítima que sea- y, sobre todo, la familia. Sin darnos cuenta, rompimos con convenciones de la vida familiar que habíamos obedecido automáticamente por nuestro propio bien.”

El desprecio por el pasado como coartada para la ignorancia, que se jacta de partir de cero, se plasma en la tremenda ingratitud de las generaciones presentes para con las precedentes, si bien reconoce Puig que “siempre hubo y habrá ingratitud porque es un componente de la naturaleza humana”. Sin embargo, “la cultura del olvido fluye hacia la ingratitud” porque “la pérdida del sentido de continuidad histórica de las naciones y las sociedades no deja margen para la gratitud. ¿Gratitud con qué y con quién?”

“Por eso proliferan una estética de la ingratitud y la destrucción ingrata del sistema educativo como transmisión. Con la universalización del Estado de bienestar, la ciudadanía ha traspasado el penúltimo estadio de la ingratitud. Del nirvana utópico a la desilusión democrática hay solo un paso. Todo cansa. Todavía más: al doblar finalmente el recodo del siglo XX el auge impune de la ingratitud fue enteramente metabolizado por la conducta humana, adquirió cotidianidad y relajó radicalmente las formas clásicas de la gratitud que sobrevivían fosilizadas, en un mundo sin convenciones ni arraigos. Como penúltimo factor está el narcisismo, pero de mucho antes provienen las cosechas de la moral del resentimiento, entre otras cosas por haber convertido el conflicto y la desigualdad en lucha de clases.”

Se remonta aquí a la gran crisis moral que alumbró el fenómeno de los totalitarismos a principios del siglo XX, lo que constituye a día de hoy tanto un necesario recordatorio como una llamada de atención ante los cantos de sirena propagados por los titanes y adanistas de la conocida como “nueva política”, que básicamente edulcora o disfraza el propósito último -avanzado por los Lenin y Hitler- de la creación del “hombre nuevo”:

“Es inútil seguir pensando qué gratitud le debíamos al molde humano que durante siglos había aceptado la sumisión. De la soberbia hundida del hombre nuevo a la gratitud low cost, la reivindicación masiva y universal suplanta los deberes ciudadanos. La virtud pública es una hipocresía insufrible debelada a golpes de reality show. Ya se da por imparable el derecho a la salud, estadio máximo del derecho a la sanidad pública. Lo que viene a ser como el derecho a no morir. ¿Somos más ingratos que nunca porque alguien nos hizo creer que era posible un hombre nuevo, debidamente ubicado en el buen sentido de la Historia y capaz de superar toda finitud, todo vínculo represor, como la familia, la propiedad o la religión? Hoy sabemos que ese hombre nuevo solamente podía ser prohijado por el terror, pero nos queda la presencia política del superhombre antisistema.”

Y, de nuevo en pos de la defensa de la memoria, inextricablemente unida a la palabra escrita en el tiempo, el autor ilumina uno de los que considera males principales de la época, parcialmente oculto durante las últimas décadas:

“Por descontado, en la gran era de la ingratitud no reconocer lo que le debemos a la lectura ha propiciado arrinconar los libros en el desván, con otros elementos tan anacrónicos como la figura del padre, las botas katiuskas, los riñones al jerez, los evangelios apócrifos, el elogio de la virtud o la falda tubo. La ingratitud tiene una lógica impecable. Cierran las librerías y los quioscos venden más chucherías que buenos periódicos. Le hemos perdido el respeto a la lectura. Incluso se extinguió la lectura como esnobismo. Lo que leer y releer representan para la curiosidad del ser humano y para la vitalidad intelectual no tiene, hoy por hoy, sustitutos. Placer, saber, conocimiento, incluso vicio, salen perdiendo con la decadencia de la lectura y el desprestigio del acto de leer, porque el rechazo a la lectura es una de las supersticiones más acusadas de nuestro tiempo.”

TODOS VÍCTIMAS DE LA SOCIEDAD DE NINGUNO

De la ingratitud al victimismo media un paso, y el mercado global ofrece un sinfín de causas reconvertidas en cruzadas por los nuevos resentidos, que ora justifican los peores crímenes culpando al entorno social o a la condición psicológica, ora se erigen en despiadados inquisidores de las nuevas costumbres amorfas que imponen a las masas.

“Hay una política del victimismo. Llegados a este caso, todos somos víctimas de alguien o de algo: la familia, el país vecino, el calentamiento global, la dieta carnívora, los cambios de clima. El victimismo fecunda el odio. Aparentemente legitimado por una larga memoria, el victimista se nutre de una memoria inventada. En ese bucle, se autoconsume y a la vez se retroalimenta. En los altares del victimismo, la verdad es lo menos sagrado.”

Como fenómeno social, aniquila la confianza en las relaciones sociales y nos expone al permanente conflicto civil de todos contra todos, o de unos cuantos grupos contra la mayoría no organizada, siendo el principal factor de discordia en el seno de las democracias modernas y el punto de fricción indispensable para hacerlas sucumbir.

“Lo políticamente correcto alcanza el rango de perversión colectiva. Exculpa a los responsables de una falta o delito y culpa a los otros para legitimar a la supuesta víctima y trasladar las causas de su comportamiento a la discriminación sexual, a una familia disfuncional o a un prejuicio de raza. Interviene la psicoterapia para aliviar el impacto de tales circunstancias en el culpable de la falta. Aumenta el número de grupos sociales -étnicos, sexuales, económicos-, grupos muy diversos, con supuesto derecho, por reivindicación, a ser considerados víctimas de una civilización opresora y fecundadora de desigualdades.

Cuando la culpa siempre es del otro, la vida es más llevadera y políticamente rentable. Mientras tanto, los conflictos de una sociedad van dejando poso y se enquistan hasta que la aparición de anticuerpos implanta la confrontación allí donde hacía falta pactar. Un cierto infantilismo victimista aligera mucho el deber de contribuir a la sociedad con ideas y soluciones. En pocas palabras: el victimismo es un impedimento para la consolidación de las sociedades abiertas. Siendo el conocimiento falible, el pluralismo no es una conveniencia, sino una necesidad. En sentido opuesto, el victimismo va erosionando las formas políticas que debieran evolucionar hacia la transparencia y el contraste de alternativas para el buen gobierno. Puesto que los culpables siempre son los demás -familia, las condiciones sociales-, uno no tiene la culpa de nada. La culpa deja de existir. Quedan el victimismo o la sociedad terapéutica. En tono menor, los éxitos ajenos son fruto de la suerte o de una conspiración.”

APÓLOGOS PARA ESTE MOMENTO

Sin duda, este nuevo ejercicio literario de Valentí Puig se puede leer como divertido alegato reaccionario contra los males del día, en la mejor tradición satírica que el propio autor ensayó hace décadas con ese libelo-panfleto titulado Progres, otra breve y preciosista mirada a la España de su tiempo que tenía por entonces a la “beatiful people” del Felipismo como objetivo.

Pero constituye en todo caso un acertado llamado a no obviar lo crucial: la crisis existencial de lo que hasta hace no mucho considerábamos el modelo ideal de sociedad:

“Si Occidente sigue perdiendo confianza y relegando la memoria de su civilización, si eso ocurre, como ocurre con el constitucionalismo o el gran arte, eso va a ser un logro inmenso de la ingratitud y el olvido. Sin creer en la propia historia y desvinculados de la tradición, ¿podemos creernos más libres?”

En este comienzo de año que parece abrirse con el triunfo (casi) decisivo de lo peor al frente del Gobierno de la Nación, no está de más sopesar los beneficios del cultivo de la memoria y la lectura contra el turbio torrente de mentiras y odio a que nos vamos a ver expuestos los españoles a lo largo de los próximos meses y puede que años, porque “sin pasado en común, no hay presente compartido”.

“Es una época que, aunque tan solo fuera por el imperio banal de la correción política, obliga a una resistencia fundamentada en la recuperación del carácter, el apego a la verdad y la voluntad de transmisión civilizadora frente a la desmemoria. No podemos renunciar al paradigma de la vida adulta como si fuera un virus.”

Porque “sin memoria no hay Historia, ni para aprender sus lecciones ni para repetir sus errores”, concluye: “Sin memoria, no hay destino.”