Mediocracia

…es el término que utiliza el profesor universitario Alain Deneault (Quebec, 1970) para significar -más que “el Gobierno de los mediocres” o “cuando los mediocres llegan al Poder” con que se subtitula la obra en español- la aparición/creación de unas nuevas élites desde la media estadística, en contra por tanto de la selección meritocrática o “selección de los mejores”.

“El término mediocridad designa lo que está en la media, igual que superioridad o inferioridad designan lo que está por encima y por debajo. No existe la medidad. Pero la mediocridad no hace referencia a la media como abstracción, sino que es el estado medio real, y la mediocracia, por lo tanto, es el estado medio cuando se ha garantizado la autoridad. La mediocracia establece un orden en el que la media deja de ser una síntesis abstracta que nos permite entender el estado de las cosas y pasa a ser el estándar impuesto que estamos obligados a acatar. Y si reivindicamos nuestra libertad no servirá más que para demostrar lo eficiente del sistema.”

Desde la introducción nos ofrece el perfil buscado por los mediócratas:

“No esté orgulloso, no sea ingenioso ni dé muestras de soltura: puede parecer arrogante. No se apasione tanto: a la gente le da miedo. Y, lo más importante, evite las “buenas ideas”: muchas de ellas acaban en la trituradora. Esa mirada penetrante suya da miedo: abra más los ojos y relaje los labios. Sus reflexiones no solo han de ser endebles, además deben parecerlo. Cuando hable de sí mismo, asegúrese de que entendamos que no es usted gran cosa. Eso nos facilitará meterlo en el cajón apropiado.”

Una selección de los conformistas del futuro que consecuentemente depara, en todos los ámbitos que explora el autor -del capitalismo financiero al mundo universitario y de la investigación, al de la producción cultural-, unas consecuencias cuando menos inquietantes, si bien Deneault parece exacerbar su crítica a veces con el objeto de obtener un cambio en la misma conducta del lector.

“La política es lo que sucede cuando las personas que pertenecen a una comunidad se dotan a sí mismas de la capacidad de debatir y definir los principios fundamentales que rigen la vida en sociedad. Por lo tanto, actuar políticamente implica ubicar nuestro discurso y nuestra acción más allá de las coordenadas sociales a las que estamos confinados por el poder institucionalizado, y debatir todas las reglas y mecanismos que nos obligan a situarnos aquí y de este modo. Tenemos que estar menos involucrados en seguir el juego de la actual dinámica gerencial, financiera, capitalista y ultraliberal -y en esa esperanza de poder extraer de ella algún beneficio- para poder dedicar más energía al establecimiento de nuevas reglas formales.”

Porque de la mano de Karl Marx y Max Weber, Georg Simmel o Rosa de Luxemburgo, Camus, Marcuse y Naomi Klein y Steven Pinker, el autor presenta este libro en parte como un ensayo y en parte como llamada a la acción, como demandaría la praxis marxista, ante las múltiples evidencias de cómo unas élites políticas oligarquizadas por grandes multinacionales o superpróceres locales se avienen a cuanto dislate les es propuesto, aquí como en África, en Canadá como en China, por aquellos que sólo tienen como fin el lucro a toda costa –“la economía de la avaricia”-.

“La mediocracia nos anima de todas las maneras posibles a amodorrarnos antes que a pensar, a ver como inevitable lo que resulta inaceptable y como necesario lo repugnante. Nos convierte en idiotas. Que pensemos el mundo en términos de medias variables resulta del todo comprensible; está claro, por supuesto, que algunas personas se asemejan muchísimo a estas figuras medias, pero que deba haber un mandato mudo que conmine a todo el mundo a convertirse en algo idéntico a esta figura media es una idea que algunos jamás llegaremos a aceptar. La palabra mediocracia ha perdido el significado que pudo haber tenido en el pasado, cuando describía el poder a manos de la clase media. Ahora no alude tanto a la dominación de las personas mediocres como a la dominación creada por las propias maneras de la mediocridad; alude al estado de dominación que las establece como divisa de significado y a veces también como la base para la supervivencia, hasta el extremo de que todos los que aspiran a algo mejor y se atribuyen soberanía acaban sometidos a sus palabras vacías.”

UNIVERSIDADES, CIENCIA Y EXPERTOS

Deneault, que en 2017 escribiera Paraísos fiscales. Una estafa legalizada, es profesor de Sociología en la universidad de Quebec y director del programa del Collège International de Philosophie de París. Ello no impide, sino todo lo contrario, que de las cuatro partes en que estructura el libro dedique la primera a darle un repaso al estado de la cuestión en la Universidad, antes de ponerse con el capitalismo financiero y las multinacionales, el mundo de la cultura y la cultura misma de la corrupción organizada.

“La universidad es uno de los componentes del actual aparato industrial, financiero e ideológico: en ese sentido, se puede argumentar su pertenencia a la “economía del conocimiento”. Las empresas ven la universidad como un proveedor, financiado con fondos públicos, de los trabajadores y de los conocimientos avanzados que necesitan.”

A su juicio, esta mercantilización de las facultades dedicadas a vender profesionales para los puestos que demandan las empresas fomenta precisamente la mediocridad en las aulas, desde el momento en que lo que menos se les requiere a los alumnos es destacar sobre el resto o dar muestras de una gran vocación. La Universidad, parece querer decirse, está para otra cosa; y Deneault entiende que entonces se trata de crear tanto los trabajadores como los consumidores del día de mañana. ¿Dónde queda la Universidad como centro de cultivo del espíritu, sede de la crítica y templo del saber?

“El hábito académico consiste en dejarse dominar. La universidad se encuentra en un estado completamente caótico y solo el dinero parece aportar algo de consistencia a sus prácticas. Se ha rendido, lo que define su visión acerca de cómo debe emplearse el lenguaje en las investigaciones. Los textos académicos se basan en una norma implícita que se convierte en explícita en cuanto alguien la quebranta: la prosa de un autor solo se considera científica si mantiene un tono neutral, tranquilo y comedido.”

Respecto a la capacidad de investigación universitaria, el autor incide en que muchos proyectos son redirigidos por los clientes que financian los centros, mientras que la propia Universidad que los contrata fuerza a veces a la hiperproductividad a los investigadores. Algo por el estilo sucede cuando los científicos, por mor de lograr financiación pública o privada para sus investigaciones, caen en la ansiedad de la publicación de artículos para alcanzar notoriedad, cuando a veces no aportan nada nuevo, son reiterativos o, en el peor de los casos, plagios de otros trabajos y tesis.

“Cuando un profesional recién reclutado por el ámbito académico universitario se somete a intimidatorios ritos de iniciación, aprende que las dinámicas del mercado siempre se imponen sobre los principios fundacionales de las instituciones públicas, pues el objetivo es saltarse tales principios.”

Este arquetipo de la mediocridad es necesario para mantener el Poder real en la sombra, mientras los nuevos portavoces “expertos” o “profesionales” lo dotan de justificación política revestida de las galas del conocimiento y la ciencia.

“La figura central de la mediocracia es, por supuesto, el experto con el que la mayoría de los académicos actuales se identifican. Su pensamiento nunca es del todo suyo propio, sino que pertenece a un orden de razonamiento que, si bien se encarna en él está guiado por intereses concretos. El experto trabaja para convertir propuestas ideológicas y sofismas en objetos de conocimiento que parezcan puros: esto es lo que caracteriza su labor. Por este motivo no se puede esperar de él ninguna propuesta potente ni original.”

En consecuencia:

“Para los poderosos, la persona mediocre es el individuo medio a través del cual pueden transmitir sus órdenes y establecer su autoridad sobre una base más firme.”

SEGUIR EL JUEGO: LA CENSURA CÓMPLICE

“Los poderes establecidos no deploran el comportamiento medio, lo convierten en obligatorio. Se está instituyendo un nuevo tipo de mediocracia. La mediocridad ya no se asocia, tal como imaginaron quienes conformaban las élites en el siglo XIX, a la idea de unos intelectuales autodidactas y propietarios de comercios, convencidos de su propia inferioridad, que tratan laboriosamente de ir adquiriendo conocimientos y de participar de las artes reservadas a las clases dirigentes. La mediocracia ahora la encarnan los estándares profesionales, los protocolos de investigación, los procesos auditores y los calibrados metodológicos desarrollados por las organizaciones dominantes para que sus subordinados puedan ser intercambiables. Este es el orden en que lo artesano cede ante la funcionalidad, las prácticas ante las técnicas, la destreza ante la implementación.”

Para Deneault, la máxima expresión de todas las corrupciones cabe en la frase “seguir el juego”, en su opinión “un bálsamo para la conciencia de todo actor fraudulento”.

Con esta misma actitud de mirar para otro lado, y pese a estar bien equipados para acorralar a entidades culpables de fraude fiscal a gran escala, los inspectores de Hacienda prefieren acechar a las camareras que no declaran las propinas. Los agentes de policía echan el cierre a sus investigaciones en cuanto se dan cuenta de que han topado con alguien del entorno cercano al gobierno, mientras los periodistas reproducen el lenguaje tendencioso de las notas de prensa difundidas por los poderosos y eligen seguir nadando a ciegas ignorando las corrientes de movimientos históricos, a los que prefieren no dedicar su atención.”

De hecho, “seguir el juego” es práctica tan generalizada en Occidente en las relaciones con el Poder -pese a dos siglos y medio que han pasado desde la Revolución Americana– que verdaderamente ejerce en los tiempos actuales una perversa censura sobre los que, al no aceptar el juego en sí, se ven expuestos a todo tipo de reproches, vejaciones o presiones, cuando no son depurados de sus cargos y apartados de su trabajo.

“Colectivamente, seguir el juego significa comportarse como si no importara el hecho de que a lo que estamos jugando es a la ruleta rusa, nos lo estamos jugando todo, estamos jugándonos la vida. Sólo estamos jugando, es divertido, no va en serio, no es de verdad, no es más que un simulacro que nos envuelve en su risa perversa. El juego al que se supone que tenemos que jugar siempre se presenta con un guiño, como un ardid que hasta cierto punto podemos criticar, pero cuya autoridad sin embargo aceptamos. Al mismo tiempo, tenemos cuidado de no explicitar las reglas generales del juego, porque están inextricablemente entreveradas con estrategias concretas que son personales y arbitrarias -por no decir abusivas- la mayoría de las veces. En la mente de personas que se creen listas, la falsedad y las trampas se conciben como un juego implícito, llevado a cabo a expensas de personas a las que consideran estúpidas. Seguir el juego, pese a lo que quiera uno pensar si es que pretende engañarse, significa no regirse nunca por nada más que la ley de la codicia. Esta forma de pensar le da la vuelta a la definición de oportunismo: el oportunismo es hoy una necesidad social ajena a la persona, pero requerida por la sociedad.”

El autor presenta casos de su país, con la coyunda entre políticos y grandes fortunas como forma práctica de gobierno y gestión de los asuntos públicos desde hace décadas, y procura concienciar al respecto con un discurso cada vez más netamente político-filosófico:

“Existe un orden muy real de poder que no se traduce en ningún cuerpo constitucional ni ninguna institución públicamente reconocida. No hay elecciones, tribunales, estructuras ni oposición que puedan articular o enmarcar este poder tan autocelebratorio. (…) Este orden elitista, ajeno a cualquier forma constitucional de poder, fagocitará otras formas de poder tradicionalmente reconocidas, tal como se aprecia en la manera que tiene de acoger a políticos y a otras figuras relacionadas con instituciones formales. (…) Este orden reúne a propietarios con capacidad de registrar sus bienes, o los de los bancos y multinacionales que gestionan, en jurisdicciones acomodaticias (como los paraísos fiscales) para poder llevar a cabo operaciones financieras de espaldas al control de estados en los que se aplica la ley. En este sentido, son soberanos, pero ejercen su soberanía en privado, sin ninguna estructura formal conocida ni reconocida.”

Y de este último aserto pretende Deneault (tal vez por deformación profesional) extraer la conclusión de la absoluta novedad de este estado de cosas, como queriendo apuntarse un tanto como investigador:

“La definición y descripción de estas nuevas estructuras de poder elude los conceptos tradicionales de la filosofía política y las formas establecidas de la teoría constitucional en torno a la soberanía del Estado. Nos obligan a definir nuevas formas de poder y a redefinir los términos del léxico político que suele emplearse para hablar de la evolución de nuestro mundo.”

CORRUPTURA: ¿REVOLUCIÓN?

Sin embargo, y con no pocos resabios marxistas, el autor se asoma a la identificación de estas “nuevas estructuras de poder”:

“Finalmente, convengamos que el régimen en el que ahora mismo nos encontramos no supone una amenaza para la democracia, sino que ya ha llevado a cabo aquello con lo que amenazaba. Llamémoslo plutocracia, oligarquía, tiranía parlamentaria, totalitarismo financiero o cualquier otra cosa. Debatamos sobre cuál es la mejor manera de definir este poder ultraprivado. Una de sus características, que sin duda lo identifica como una oligarquía, es su capacidad de capturar y codificar cualquier actividad social para convertirla en parte del proceso de capitalización que enriquece a quienes ocupan sus tronos en la cúspide de la jerarquía. Cantar, coleccionar sellos, darle a una bola con un bate, leer a Balzac o fabricar motores: sea cual sea, la oligarquía se asegura de que cualquier actividad socializada, por magra que resulte, se inserte en el sistema que gestiona las inscripciones y los códigos en beneficio de la concentración de poder por arriba. Toda actividad humana se organiza de tal manera que esta aumente el capital de quienes supervisan las operaciones que se van agregando. Esto nos empobrece en todos los sentidos.”

Como colofón, ya con un tono desafiante y panfletístico, Deneault llama a la “corruptura” de todos con la situación:

“Una vez que hayamos encontrado el nombre correcto para estos regímenes, se requerirá de nosotros que nos resistamos a ellos si somos demócratas o que nos pongamos manos a la obra para derrocarlos. Esto implica romper con el nuevo orden, forzar una ruptura con sus lógicas dañinas y destructivas y emanciparnos colectivamente. Debemos ejercer esta ruptura todos juntos: será una corruptura.”

O bien:

“Es el momento de que cambiemos los fundamentos del régimen establecido. A partir de ahora, la fuerza corruptora seremos nosotros. Tenemos que poner en marcha la corruptura con respecto a estas terribles formas de poder para generar otras distintas.”

Está hablando, a estas alturas, de Revolución, si bien pretende dotar al concepto de un aura propia de la lógica del lenguaje:

“nos parece imposible pensarnos como revolucionarios de una manera que no sea romántica. Y, sin embargo, la revolución -entendida como el hecho de derrocar y de hacer que formen parte del pasado instituciones y poderes que causan un grave perjuicio al bien común- es un trabajo de una urgencia extrema, incluso aunque se trate únicamente de salvaguardar cualquier ecosistema que aún tenga opciones de sobrevivir al ciego proceso de destrucción llevado a cabo por la gran industria y las altas finanzas, o de conseguir que quienes toman las decisiones económicas modifiquen radicalmente su manera de pensar en favor de los miles de millones de personas desfavorecidas que en la actualidad experimentan en sus cuerpos un nivel desquiciante de exclusión social.”

Pese a sus excesos dialécticos, Mediocracia resulta estimulante por su crítica previa al conformismo, al par que identifica básicamente las carencias del capitalismo financiero y sucesivamente las fallas de las democracias liberales, sobre todo a la hora de proteger a los ciudadanos de los efectos perniciosos de esta adulterada “economía de mercado”. Crítico de la política canadiense como de la francesa, las reflexiones de Deneault sobre la absolutización del “centro” en política son tan sugestivas como esclarecedoras:

“Este es el orden político del extremo centro. Sus políticas encarnan no tanto una ubicación exacta sobre el eje izquierda/derecha como la supresión de dicho eje, que se sustituye por un único enfoque que afirma contener las virtudes de la verdad y de la necesidad lógica. Esta maniobra se revestirá de palabras vacías o, peor aún, será el poder el que se defina con palabras asociadas con aquello que más odia: la innovación, la participación, el mérito y el compromiso. Aquellos cuyas mentes no participen de semejante farsa serán excluidos y esta exclusión, naturalmente, se llevará a cabo de manera mediocre, a través del rechazo, la negación y el resentimiento. Este tipo de violencia simbólica es un método constatado y comprobado.”

Falsos moderados, abanderados del pensamiento único… mediócratas a fin de cuentas.

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Una estrategia para la Derecha (II). Cs y Vox

…son los dos nuevos partidos que se disputan con el PP la hegemonía del Centro-Derecha, si bien el origen de cada uno parece contrapuesto al del otro: Ciudadanos nació para relevar a un PSC entregado al separatismo catalán y sus políticas de discriminación antiespañola, mientras que Vox nació para sostener aquellas batallas políticas que el PP diera ya por perdidas o estimara contraproducentes para alcanzar y mantener el Gobierno en los tiempos del rajoyismo.

A día de hoy, Cs se define como un partido de “centro progresista liberal” dentro de un proceso de refundación con Inés Arrimadas a la cabeza -después de la espantá de su líder Albert Rivera- que parece pretender escorar algo a la Izquierda a los naranjas, toda una vez que (frustrado el intento de sustituir al PP en el Centro-Derecha) su espacio natural se ha achicado hasta volverlos irrelevantes, puesto que entre el Centro-Derecha y la postura actual del PSOE dista un abismo insondable: no puede haber ya trasvase de esa Izquierda Extrema a un Centro-Izquierda al que se considera “fascista”.

Por su parte, Vox carece todavía de una entidad política marcada pese a que sus múltiples performances -por lo general, reacciones airadas a los distintos planteamientos ideológicos del llamado “marxismo cultural”- hayan diferenciado a los de Santiago Abascal de las otras formaciones en su espacio, Cs y PP, que en cuestiones de índole moral han buscado y buscan desde hace años mimetizarse con el paisaje político de fondo, esto es: con el marco mental del buenismo zapaterista.

No obstante, Cs y Vox son indistinguibles del PP en la práctica totalidad de las materias relevantes en Interior, Defensa y Exteriores, Educación, Economía y Hacienda… teniendo unos y otros que escenificar con grandes aspavientos que es más lo que los separa que lo que los une, en una fatídica estrategia de consunción de sus posibilidades de alternativa al programa de desvaríos impulsado por la Izquierda (PSOE y Podemos).

¿QUÉ ENTENDERÁ CS POR NACIONALISMO?

Una fricción detectable entre las tres fuerzas citadas se encuentra en sus planteamientos respecto a la integración de España en la UE, dado que Cs parece anhelar la disolución de la Soberanía Nacional española en un ente supranacional que sería “Europa”, postura compartida en alto grado por el PP y rechazada por Vox, favorable más bien a una reconsideración del papel español en la UE y a la misma salida de la Nación del sistema de unión monetaria del Euro.

En este aspecto, Vox es un partido “nacionalista” frente al “europeísmo” o “no nacionalismo” de PP y Cs, si bien los tres coinciden en su “antinacionalismo” cuando rechazan las pretensiones separatistas de abertzales y catalanistas. En rigor, PP y Cs buscan exhibir una especie de coherencia con el recurso al manido eslogan “el Nacionalismo es la Guerra” que funcionaría tanto contra los separatistas como contra Vox, cuando la realidad es exactamente la contraria y su postura, por tanto, radicalmente incoherente.

Básicamente, porque “nacionalistas” fueron tanto las revoluciones de EEUU y Francia que dejaron atrás el Absolutismo, como lo fueron anteriormente las que procuraron la independencia de las antiguas posesiones españolas en América, como nacionalista fue el levantamiento del 2 de Mayo en Madrid o la proclamación de la primera constitución liberal española en 1812. Es decir, que el nacionalismo tiene más que ver con la defensa de la Soberanía Nacional y de los derechos de ciudadanía que con el racismo inherente al tribalismo perseguido por los separatistas o al del imperialismo.

Pero en este como en otros ámbitos, Cs y PP se han dejado conducir de la mano por aquellos autodefinidos como “progresistas” que ven en el Estado-Nación el peligro en vez de la salvaguarda de los derechos individuales, lo que les anima por un lado a querer dotar a la UE de mayores potestades en contra de la autonomía nacional y del poder decisorio de los ciudadanos, y por el otro a asumir gran parte del florido discurso a favor del respeto a esos “hechos diferenciales” (rasgos tribales, antiigualitarios por antinacionales) que esgrimen los separatistas como coartada principal de sus políticas discriminatorias.

¿QUÉ ENTENDERÁ VOX POR LIBERALISMO?

Para las elecciones del 28-A los programas económicos presentados por PP, Cs y Vox apenas diferían entre sí, podían ser intercambiables o complementarios -como se ha demostrado en los pactos de gobierno alcanzados en varias comunidades autónomas por los tres partidos-, lo que implicaría la extensión de la etiqueta “liberal” a los tres… si el Liberalismo pudiera ser reductible a una doctrina económica para conciliar la libertad de comercio con la redistribución social de los beneficios.

Lo que tenemos, por el contrario, es que el líder del PP Pablo Casado funge de “liberal en lo económico y conservador en lo moral”, lo que haría levantar el entrecejo a Adam Smith tanto como a Hayek; mientras que Cs da la impresión de querer ser algo más “socialdemócrata” en lo económico pero “liberal” en lo moral, y Vox se presenta sin ambages como “conservador” e incluso reaccionario en lo moral, pero “liberal” en lo económico, a imitación del PP.

En rigor, el término “Liberalismo” surge en España para significar la oposición a la restauración del Absolutismo en la figura del rey Fernando VII después de la Guerra de la Independencia, y tiene más que ver con la consecución de derechos políticos y sociales de las nuevas clases enfrentadas al orden estamental que con la asunción de un determinado programa económico, aunque no sea irrelevante la cuestión de la supresión de los privilegios de origen feudal para favorecer la libertad de comercio y la defensa de la propiedad privada.

Pero tanto Smith como John Locke, como antes de ambos los pensadores de la Escuela de Salamanca, no deslindaron su doctrina económica de la inspiración netamente moral y religiosa, puesto que fue ésta la que les condujo a sostener las bondades del libre comercio o de la persecución del propio interés, la defensa de la propiedad privada o sus teorías sobre el “justiprecio”, los debidos límites al poder del Soberano o al “derecho de conquista”, etc.

¿QUÉ ENTENDERÁ El PP POR CONSERVADURISMO?

Será Hayek el que establezca la distinción radical entre “liberales” y “conservadores”, tanto con su apelación “a los socialistas de todos los partidos” (incluidos los de la Derecha) como al detectar en los conservadores un miedo al cambio y al futuro que los volvería al cabo rígidos en lo político y en lo moral a la hora de afrontar los retos y desafíos del presente. Una perspectiva cuando menos polémica, que todavía suscita encendidas controversias académicas aunque en la praxis política de las democracias occidentales apenas incida de manera concluyente.

Pero si el economista austríaco tenía bien claro que es la persona la que debe ser protegida legalmente -por el Estado, pero a la vez protegida frente al mismo Estado-, otros pronunciamientos pretendidamente “liberales”, so capa de querer expandir los “derechos sociales”, ponen al individuo “diferente” por sus rasgos característicos (de índole religiosa, sexual, económica) en el centro de su acción política, precisamente en contra del postulado básico del Liberalismo de tratar igualmente a los desiguales.

Así, al buscar tratar con desigualdad (“discriminación positiva”) a los que en un Estado democrático son considerados legalmente iguales, estas doctrinas presuntamente liberales se dedican en cambio a fragmentar el cuerpo político en distintos grupos con intereses distintos e incluso opuestos, en vez de sostener políticas generales (democráticas) para una sociedad de individuos indiferenciados, con los mismos derechos y deberes; doctrinas de las que la Izquierda, contra toda su tradición marxista y no marxista, hace en la actualidad bandera acompañada de manera gregaria por cierta Derecha.

En nuestro país, desde Zapatero, es lo que ha originado la crisis decisiva del PP, pero también la del PSOE: han sido precisamente los partidos de la “nueva política” Podemos y Cs los que han buscado ganancias en el río revuelto de la multiplicación de (presuntos) derechos que se dicen “sociales”, cuando por el contrario son asociados a identidades particulares y de hecho excluyentes.

¿UNO EN TRES O TRES EN UNO?

Como es obvio para cualquiera en España, desde la aprobación de la Constitución de 1978 a nadie se le exige ser católico o su contrario, ser ateo o haber apostatado, para engrosar las filas de unos u otros partidos. El Estado español es liberal, no confesional como el del anterior régimen, ni ateo como en los regímenes comunistas, pues la Constitución protege expresamente la libertad de conciencia y expresión de todos y cada uno de los españoles.

Vox no acaba de ser un partido católico, como PP y Cs no resultan más “liberales” que aquél por abrazar los nuevos consensos identitarios del “marxismo cultural”. La única razón por la que Cs se encuentra aún más cerca del PP y Vox que del PSOE es que éste -como indiqué en el artículo anterior- se ha entregado a la política de “amigos” y “enemigos” (“la Guerra”) siguiendo a Podemos, a quien tanto ha rentado esta estrategia de división alumbrada en España -nunca se insistirá bastante en ello- por Zapatero.

Por tanto, las diferencias entre “los tres partidos del Centro-Derecha” son nimias de atenernos a sus planteamientos presentes, y reconocerlo conduciría a una entente y puede que al final reagrupamiento de la Derecha, a no ser que PP y Cs insistan en alcanzar consensos con el PSOE y Podemos en vez de con Vox, en cuyo caso podría suceder que sólo pudiera quedar éste en la Derecha mientras PSOE, PP y Cs se disputan el espacio del Centro-Izquierda.

Si liberales son los tres, debieran entender que el actual Estado liberal (ya muy deteriorado por las barrabasadas del PSOE) corre el riesgo de convertirse en una cleptocracia socialista más, como tantas que abundan a las puertas de Occidente. Y si presumen de ser fuerzas “nacionales” no debieran despreciar el “nacionalismo” entendido como defensa de la Soberanía Nacional y de la misma unidad nacional de España.

SEGUNDA CONCLUSIÓN

Como se vio, no es exacto que Cs sea una escisión del PP sino del PSOE, si bien acabó recogiendo el descontento de muchos ex votantes del PP por culpa de las políticas travestidas de Mariano Rajoy. Pero al pretender sustituir al PP de Casado en el liderazgo del Centro-Derecha dejó huérfano a su electorado tradicional sin ofrecer tampoco mayor distinción con su propuesta a los radicalmente desencantados, que apoyaron a Vox.

Ahora tiene la oportunidad, aunque tal vez resulte ya muy tarde, para volver a cosechar en terrenos del Centro-Izquierda, lo que podría aliviar la presión sobre el PP tanto como sobre Vox, que podrían converger en una sola plataforma (aun siquiera electoralmente) o repartirse el amplio espacio político del Centro-Derecha sin recurrir a la confrontación, sino a la diversificación.

Para esto último, y aunque se empecinen en hacer de ciertas cuestiones morales la línea divisoria entre PP y Vox, los programas económicos deberían ser distintos y su visión de la organización del Estado prácticamente inconciliable, lo que no es el caso cuando ambos coinciden -como con Cs y antes con UPyD- en que la Administración central reasuma las competencias básicas de Interior, Justicia, Sanidad y Educación.

Si las tres dirigencias partidistas persisten en el confusionismo actual y en la vaga (aunque magnificada) distinción entre sí, no conformarán alternativa en años al Gobierno de Pedro Sánchez y sus heterogéneos socios. A partir de ciertos consensos básicos ya apuntados, deben diferenciarse (sobre todo Cs de PP y Vox), o sumarse (Cs y PP o PP y Vox) y pactar con el “diferente” (Vox o Cs, respectivamente) que es “amigo”.

[CONTINUARÉ]