Las ideologías furiosas

…son impulsadas en todo tiempo y lugar por aquellos megalómanos que, como el Diablo, cuando se aburren mucho se ponen a pensar en cómo perjudicar al hombre corriente, al que ven pasar todos los días por delante y al que no soportan, en su afán poco común por salvar a la Humanidad de sí misma y atribuirse después el mérito.

Que la llamada “cumbre climática” haya deparado al fin el reconocimiento de la energía nuclear como “verde” no debiera sorprender a nadie, pues entre nosotros lo sostiene el joven economista nonagenario Juan Velarde desde hace medio siglo, o más: barata, limpia y segura, lo que necesita precisamente un país como España con su alta demanda energética tanto en temporada de verano como durante el invierno.

Que los crímenes de índole sexual aumenten exponencialmente a la producción legislativa -dislocada, frívola, inútil- de la Izquierda sobre la materia tampoco es de extrañar, porque lejos de tratar de contener el derrame de gasolina lanzan alegremente sobre el vertido sus cerillas encendidas de ilusión y pretendidas buenas intenciones, que desde luego para nada aseguran la protección física de las maltratadas o de las mujeres en general ante las agresiones violentas.

Que la reinserción, precisamente, de criminales sexuales se quiera conjugar con la criminalización del “heteropatriarcado”, como la ocultación de abusos a menores en centros dependientes de administraciones en manos de los autodenominados “progresistas” se realiza en nombre de la salvaguarda de no se sabe bien qué protección de datos, da otra buena muestra de cómo la ideología perniciosa de los que se proclaman “conscientes” engendra monstruos.

 Que toda la zarrapastrosa negociación presupuestaria, con los privilegios a flor de piel en las manos petitorias de los jefes y chamanes tribalistas de las “nacionalidades y regiones”, se resuelva finalmente con la aprobación de leyes que nos vetan nuestros acreedores, a modo de improbables soluciones que en realidad empeorarían los problemas, da buena cuenta de la desfachatez insólita del primer presidente que ha hecho del Gobierno un ente inútil para gobernar.

Pero es que, a fin de cuentas, ni los recitales de la memoria básicamente antifranquista, revanchista, falsaria, o los de la memoria “sobre el conflicto” desencadenado por los terroristas abertzales apadrinados por la Iglesia y el PNV, ni las componendas de buena sociedad parlamentaria en la que el partido del Gobierno ha incurrido con los golpistas de ERC y de Junts, llegando hasta los inconstitucionales indultos que ahora de nuevo salen a la palestra…

Nada de lo que ha realizado el Gobierno Sánchez en comandita con Podemos ha sido bueno para España y para los españoles, sino todo lo contrario, aunque lo traten de encubrir con mentiras, sobornos a los medios y al “mundo de la Cultura”, ayudas presuntamente directas a los necesitados y demás morralla fascistoide. Todo ha ido encaminado a enquistarse en el Poder y desde ahí destruir cualquier alternativa a su política de saqueo y corrupción.

De ahí la necesidad, cada vez más urgente, de someter todo pensamiento crítico a las falsas verdades de las ideologías furiosas, para sofocar la rebelión intelectual y social, política, a todo este desfasado estado de cosas. Nunca como ahora se había mentido tanto y con tal descarnado cinismo a los ciudadanos sobre la situación, sobre los problemas reales y los retos asumibles, sobre la esencia misma de la vida en sociedad, sobre la convivencia y la democracia.

Y con semejante proyecto de sustitución total de lo Real por la Causa ideológica pretenderá una vez más el demediado líder del PP, Pablo Casado, llegar a pactos de Estado “por el futuro de España” -¡el futuro!, la recurrente promesa de las ideologías que, precisamente, surgieron para denunciar por engañosas las teleologías religiosas y sus promesas de una mejor vida más allá de la muerte-.

Estos “progresistas”, al cabo, nos prometen la penuria en vida y la redención futura, nos certifican la ignorancia de nuestros hijos y sus limitadísimas oportunidades laborales y vitales, mientras se dedican esencialmente, en cuerpo y alma, y como siempre han hecho, a la sustracción de todo lo que aún producen los más afortunados y libres, para llevárselo crudo y seguir presumiendo de conciencia social. Ellos son incorregibles, pero ¿y nosotros?

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Blanco

…es el último libro de Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964) -autor de uno de los superventas más transgresores de finales del siglo XX, American Psycho- y surge más como una reacción al asfixiante predominio de lo políticamente correcto de la mano de las políticas identitarias que como un deliberado ejercicio autobiográfico, si bien funciona asimismo a modo de memorias desperdigadas por su trayectoria vital y literaria.

A fin de cuentas, sólo recordar cómo era el mundo que conocimos nos permite contrastar el estado de delirio social que padecemos actualmente los occidentales -no sólo en los Estados Unidos de América- con aquella época libérrima en la que parecía que todo iba a ir progresivamente a mejor bajo la égida del Imperio USA y el triunfo de Madonna y Michael Jackson, las películas de Spielberg y la eclosión de los yuppies de Wall Street.

Un mundo que precisamente Ellis diseccionó en su American Psycho, dando a entender que bajo la fachada de alegre desenfado únicamente enfocado al éxito profesional, tan propio de la era Reagan, se escondía la personalidad vacua de gente que no sabía muy bien para qué deseaba llegar a lo más alto. Y, no obstante, aquellos tiempos de desparrame eran más asequibles para el común de los mortales que éstos, en cuanto que todavía se podían expresar opiniones discordantes.

El título refiere precisamente al paradigma vigente del blanco o negro que anula los matices en estos tiempos de enfermiza interconectividad vía redes sociales, las cuales fomentan el exhibicionismo emocional a despecho de surtir de presuntos argumentos victimizadores a aquellos cuyas vidas dependen aparentemente del número de likes que susciten sus fotografías o comentarios sentimentales sobre cualquier tipo de asunto o problema (real o no).

Desde la portada de color blanco, donde se resalta en negrita “Blanco” de una lista de términos que podrían calificar al propio Ellis –Escritor Crítico Tuitero Hater Lover Deslenguado Transgresor Hombre Blanco Privilegiado-, hasta los títulos de las partes que componen el libro -Imperio, Actuar, Álter ego, Postsexo, Gustar, Tuitear, Postimperio, Hoy día-, el autor confronta los modelos de su niñez como hijo de boomers (nacidos entre 1945 y 1965), las polémicas de su juventud como miembro de la generación X, y la actual deriva absurda de los menores de 40 años, de quienes se burla como pobres inadaptados infantilizados por redes y TV con una sensibilidad siempre a flor de piel, y un consecuente ánimo inquisidor que ya no deja resquicio alguno a la menor expresión de humor, se trate de ironía, juegos de doble sentido o mordacidad.

NIÑOS SIN PADRES ENCIMA

Como muestra de su infancia, una época en que si se iba al cine “los padres decidían qué películas veían los niños y nosotros íbamos con ellos y punto”, cabe extraer esta larga cita, ya sin padres cerca:

“Esta permisividad respecto al contenido no resultaría aceptable para la mayoría de los padres actuales, pero en el verano de 1976 no era extraño tener once o doce años y sentarse a ver varias sesiones seguidas de La profecía en un cine inmenso con una pantalla gigante (acompañado por los hermanos mayores de otros amigos a causa de la clasificación de la película, y disfrutando la decapitación a cámara lenta de David Warner) (…) Hojeábamos los libros de Jacqueline Susann y Harold Robbins de la librería de mi abuela y veíamos El exorcista en el canal Z (…) después de que nuestros padres nos prohibieran seriamente que no la viéramos, pero, por supuesto, la vimos de todos modos y, como era de esperar, alucinamos. Veíamos sketches de gente metiéndose cocaína en Saturday Night Live y nos sentíamos atraídos por la cultura disco y las películas de terror sin ironía. Consumíamos todo eso y nada nos afectó, nunca nos perjudicó porque la oscuridad y el mal humor de la época estaban por todas partes y reinaba el pesimismo, que se consideraba un atributo de lo moderno y enrollado. Todo era un timo, todo el mundo era corrupto y a todos nos criaban con comida poco saludable. Podría argumentarse que todo eso nos jodió, o quizá, desde otro punto de vista, que nos curtió. Visto con casi cuarenta años de distancia, probablemente nos hizo menos miedosos. Sí, éramos alumnos de sexto o séptimo en una sociedad donde no existían los filtros de protección paterna. No teníamos a nuestro alcance Tube8.com, ni vídeos de fisting en el móvil, ni Cincuenta sombras de Grey ni rap gangsta ni videojuegos violentos y el terrorismo todavía no había arribado a nuestras costas, pero éramos niños que vagaban por un mundo pensado prácticamente solo para los adultos. A nadie le importaba lo que viéramos o dejáramos de ver, cómo nos sentíamos ni lo que queríamos y todavía no nos había cautivado la cultura del victimismo. Comparado con lo que se considera aceptable hoy día, cuando se mima a los niños hasta convertirlos en inútiles, fue una edad de inocencia.”

Aunque tal vez la siguiente cita condense mejor la tesis básica del libro, con su nítido contraste generacional:

“A una edad muy temprana comprendí que no llevarse más que decepciones, desilusiones y penas convertía la alegría, la felicidad, la conciencia y el éxito en más tangibles y considerablemente más intensos. No nos daban medallas por hacer un buen trabajo ni nos premiaban solo por hacer acto de presencia: había ganadores y perdedores. Todavía no existían los tiroteos en las escuelas -al menos, no eran una epidemia-, pero nos pegaban, normalmente niños mayores y por lo general sin que nuestros padres se apiadaran de nosotros, ni tan siquiera lo comentaran. Y desde luego no nos decían que éramos especiales a la menor ocasión. (Sin embargo, no recuerdo que uno solo de mis compañeros de infancia y adolescencia se suicidara, ni en el ámbito nacional ni en la educación privada de Los Ángeles). Era el desafío descontrolado de las películas de terror lo que hacía que pareciera que el mundo funcionaba así: a veces ganabas, a veces perdías, así es la vida, todo esto me está preparando para algo, es lo normal. Esas películas reflejaban la decepción de la edad adulta y de la vida, decepciones que yo ya había presenciado en el matrimonio fracasado de mis padres, en el alcoholismo de mi padre y en mi propia infelicidad y alienación infantiles, con las que lidiaba yo solo y que trataba de procesar igual de solo. Las películas de miedo rodadas en los años setenta no tenían reglas y a menudo carecían de una historia de fondo tranquilizadora que explicase el mal y lo convirtiera en una metabroma posmoderna. ¿Por qué acosaba el asesino a las estudiantes de Navidades negras? ¿Por qué era poseída Regan en El exorcista? ¿Por qué nadaba el tiburón alrededor de Amity? ¿De dónde provenían los poderes de Carrie? No había respuestas, igual que no había justificaciones concretas y con un significado ulterior para el azar de la cotidianidad: las putadas ocurren, apechuga, deja de lloriquear, asúmelo, crece, joder. Aunque con frecuencia deseaba que el mundo fuera de otro modo, también sabía -y el cine de terror contribuía a confirmarlo- que nunca iba a cambiar, una constatación que a su vez me condujo a cierta aceptación. El terror suavizó la transición desde la supuesta inocencia de la niñez a la previsible desilusión de la vida adulta y, además, afinó mi sentido de la ironía.”

TRUMP COMO CONTRAMODELO

Para quien no conozca al autor ni su obra, resulta que hablamos de un libérrimo varón homosexual que conoció el éxito con poco más de veinte años con su primera novela Menos que cero, adaptada casi de inmediato al cine -con lo que eso supone en la industria del espectáculo USA: hacerse multimillonario-, y que no ha dejado de colaborar con guiones en series de televisión y películas de Hollywood hasta nuestros días.

No obstante, también Ellis se vio enfrentado a presiones y censuras, propias por lo demás de cualquier sociedad libre y plural, a cuenta de su celebérrima American Psycho:

“En noviembre de 1990, a dos meses del lanzamiento que Simon & Schuster había anunciado en primavera, la publicación se canceló. Se habían distribuido galeradas y algunos lectores defendían (lo hubieran leído o no) el libro que yo creía haber escrito, una tenebrosa farsa con un narrador poco fiable, pero no importó: el ruido de los ofendidos retumbaba demasiado, y fui expulsado de una organización a la que ni siquiera sabía que pertenecía. Al final me permitieron quedarme el adelanto y otra editorial (de hecho, más prestigiosa) compró los derechos y se aprestó a publicar el libro en rústica en la primavera de 1991, una semana después de que, supuestamente, terminaran los combates de la Guerra del Golfo. Conforme fueron pasando los años y la controversia que rodeó a American Psycho se calmó, la novela se leyó por fin con el espíritu con el que había sido creada: como una sátira. Y algunos de sus mayores paladines fueron mujeres y feministas, como Fay Weldon y Mary Harron, que la adaptó en una elegante comedia de terror protagonizada por Christian Bale y estrenada nueve años después en la que, a diferencia de lo sucedido en Las reglas del juego, todos los diálogos y las escenas estaban tomados del libro. Lo único que aprendí de todo este asunto fue comprender que no se me daba bien prever lo que irritaría a la gente porque a mí el arte nunca me había ofendido.”

Y, no obstante, casi tres décadas después el mismo escritor que había satirizado al establishment de su tiempo, representado por el “tiburón” financiero de Wall Street, se ve prácticamente obligado a terciar en la polémica antiTrump desatada por las mismas élites progresistas de Nueva York y Los Ángeles a las que él, gracias a su éxito literario, pertenece a su manera, y de hecho se permite recordar lo más obvio:

“En American Psycho había elegido a Donald Trump como héroe de Patrick Bateman y había investigado más de una de sus odiosas prácticas empresariales, sus mentiras descaradas, cómo había dejado que Roy Cohn ejerciera de mentor suyo o el tufo racista que no desentonaba del todo en un hombre con sus orígenes y su edad. Había leído Trump, el arte de la negociación y seguido su trayectoria, y había hecho los deberes necesarios para convertir a Trump en un personaje capaz de flotar por toda la novela y ser la persona a la que Bateman aludía siempre, a la que citaba y en quien aspiraba a convertirse. Los jóvenes, los tipos de Wall Street con los que traté durante mi investigación inicial, se sentían cautivados por él. Trump les inspiraba, algo que me inquietaba en 1987, 1988 y 1989, y por eso se le menciona más de cuarenta veces en la novela. Bateman está obsesionado con Trump, el padre que nunca tuvo, el hombre que quiere ser. Quizá por eso no me cogió por sorpresa cuando el país lo eligió presidente; en el pasado había conocido a mucha gente que lo admiraba, y ahora también. Desde luego, a uno podía no gustarle que lo hubieran elegido, y aun así entender y comprender por qué lo habían votado sin sufrir una crisis mental y emocional. Cada vez que escuchaba a ciertas personas perder los papeles hablando de Trump, mi primera reacción siempre era la siguiente: “Deberías medicarte, tienes que ir al psiquiatra, tienes que parar ya de permitir que ese “hombre malo” te ayude a concebir tu vida entera como un proceso de victimización». ¿Por qué se hacían eso? Seguro que había gente -los beneficiarios del programa de protección a los inmigrantes llegados en la infancia (DACA) o aquellos de los que se ocupaba el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE)- que estaba en su derecho de asustarse, pero ¿la clase media alta blanca de las universidades, de Hollywood, de los medios de comunicación y de Silicon Valley? Si odiabas a Trump, ¿por qué ibas a permitirle ganar metafórica además de literalmente? Pues eso es justo lo que ocurrió a lo largo del año siguiente y de 2018: la gente que detestaba a Trump se estaba obsesionando con Trump. Los progres ricos y privilegiados que yo conocía eran siempre los más histéricos y quienes peor lo pasaban.”

De hecho, acostumbrado a tener parejas millenials -varias de ellas judíos progresistas multimillonarios-, Ellis acaba por supurar la tensión que supone convivir con alguien que, lejos de representar una víctima objetiva de un «sistema injusto y opresor» (¿acaso no resuena aquí la cantinela de nuestros separatas y podemonios?), se pasa el día lloriqueando por la presunta afrenta inenarrable de tener a alguien como Trump de presidente de la Nación -cuando en rigor Trump perteneció hasta la llegada de Obama al Poder a esa élite neoyorquina del Partido Demócrata que agasajaba y financiaba a los Clinton a la menor ocasión-.

HOLLYWOOD O LA RENUNCIA A LA LIBERTAD

El libro repasa a vuelapluma diferentes episodios de la biografía literaria y cinéfila de Ellis, su educación sentimental y sus concepciones como crítico de los diversos fenómenos de masas de la cultura pop de los 70′ a nuestros días -de Richard Gere en American Gigolo, como momento fundacional de la iconografía gay en el cine, a las refrescantes bandas pop de los 80′, de Blondie a las Bangles-, sin cesar de intercalar mordaces apuntes y reflexiones morales sobre personajes convertidos por los medios de masas en «mitos» (o antimitos) y superestrellas como David Foster Wallace, Tom Cruise, Kanye West o Charlie Seen, por distintos motivos pero con un objetivo comprensivo: mostrar cómo la industria USA del entretenimiento ha pasado de fomentar la sexualidad de las figuras como medio legítimo de atraer lectores y espectadores a la taquilla y a los conciertos a convertirse en una especie de Inquisición de la No Ofensa hacia las Identidades Particulares, al devenir en el principal foco de censura y exclusión de los discrepantes de (o meramente ajenos a) la nueva sensibilidad de lo que Ellis ha denominado sarcásticamente “Generación Gallina”, en referencia a los millenials:

“Con cada vez menos empresas dirigiendo el cotarro (puede que pronto quede solo una) probablemente mis colegas se vieron en la necesidad de acatar las nuevas reglas: sobre el humor, sobre la libertad de expresión, sobre lo que era divertido y lo que ofendía. Los artistas -o, en la jerga local, los creativos- no debían forzar los límites, pasarse al lado oscuro, explorar tabúes, hacer bromas inoportunas ni llevar la contraria. Podíamos hacerlo, pero no si queríamos dar de comer a la familia. Esta nueva política te exigía vivir en un mundo donde no se ofendiera nunca a nadie, donde todos fueran siempre amables y educados y las cosas siempre inmaculadas y asexuadas, a poder ser incluso sin género, y ahí fue cuando comencé a preocuparme de verdad, cuando las empresas empezaron a querer controlar no solo lo que decías, sino también tus pensamientos e impulsos, incluso lo que soñabas. Teniendo en cuenta el aumento de la influencia de las compañías, ¿podría el público consumir productos que no estuvieran autorizados o que flirtearan temerariamente con la transgresión, la hostilidad, la incorrección política, la marginalidad, los límites de la diversidad y la inclusión forzosas, todo tipo de sexualidad o cualquier otro elemento que fuera condenado con la omnipresente etiqueta de “advertencia de contenido inapropiado”? ¿El público estaba dispuesto a que le lavaran el cerebro o ya había ocurrido? ¿Cómo podían trabajar los artistas en un ambiente donde les aterraba expresarse a su manera o correr grandes riesgos creativos que podían bordear la frontera del buen gusto o incluso la blasfemia, o que simplemente les permitieran ponerse en la piel del otro sin que se les acusara de apropiación cultural? Pongamos, por ejemplo, una actriz a la que se rechazara para un papel que se moría por interpretar porque -respira hondo, camarada- no se ajustaba perfectamente al personaje. ¿No se suponía que los artistas debían vivir en cualquier parte menos en un refugio alérgico al riesgo donde la tolerancia cero era la exigencia primera y primordial? A finales del verano de 2018, la situación no solo parecía pronosticar un futuro intimidatorio, sino un nuevo orden mundial de pesadilla. Y comprendí que yo mismo estaba cayendo en la hipérbole de la que acusaba a los demás, pero no podía evitarlo.”

Un libro valiente y necesario, que también incide en cómo las redes sociales e internet en general, con su facilismo a la hora de brindar con inmediatez cualquier tipo de satisfacción primaria al usuario, ha acabado por erradicar el riesgo, el esfuerzo y el mero deambular por las afueras de nuestro cómodo refugio para procurarnos lecturas, música, cine o sexo. O mero contacto conversacional con otros seres humanos y con la propia realidad.

Se le puede augurar, pues, una bienvenida en el mercado anglosajón (al menos) similar a la que le ha deparado a Woody Allen la publicación de sus memorias A propósito de nada -de las que también procuraré tratar próximamente en esta misma página, antes de que la Nueva Inquisición Progresista de los Ofendidos las haga registrar en su particular y demencial Índice de Libros Prohibidos-.

Los hombres deshumanizados

Érase otra vez en que los hombres habían perdido el respeto a los hombres y, habiéndoles parecido por completo ridículas las varias pretensiones que el ser humano en sí -y por sí- poseía, decidieron acabar con tan leve esencia para erigir en su lugar un continente que se identificara plenamente con su contenido.

A tal fin, durante sucesivas y arduas jornadas se empezó a desmembrar a hombres y mujeres -concretamente a hombres y mujeres de los grandes núcleos urbanos, ya que, como todo el mundo sabe, el motor que hace avanzar la humana Historia no es otro que el compuesto por urbanitas de clase media-media-; las particiones, elipsis y yuxtaposiciones se llevaron a cabo con el rigor estipulado por la Junta Permanente de Ideólogos Progresistas, y pronto no hubo quien, en varios kilómetros a la redonda, más acá del perímetro de basura amontonada en el extrarradio de los grandes núcleos urbanos, conservara algo de su anterior apariencia.

La televisión siguió todo el proceso, como era de suponer: aquí el encabalgamiento de un gemido, allí una calavera incrustada a modo de bombilla en una farola; más allá una vasija con forma de mujer, más acá un tropo inverosímil haciendo referencia a nada. Todo el mundo se maravillaba, aunque un tanto fastidiado, ante este nuevo adelanto técnico-metafísico. La verdad es que la gente no abandonó su desdén hacia todo nuevo rumbo de las innovaciones en materia existencial, porque todo estaba dicho ya y, tal vez, decirlo todo de nuevo, aunque de manera distinta, fuera un trabajo tan cansino como a todas luces inútil.

Mientras tanto, la Junta Permanente de Ideólogos Progresistas había pergeñado un nuevo proyecto para intentar aliviar la desgana de la gente hacia todo lo no humano. Consistía la idea, teóricamente, en tratar de anular los distintos interrogantes sin respuesta que la gente común de las ciudades se proponía de continuo a sí misma -ya que, como todo el mundo sabe, esta clase de interrogantes son los preferidos por la gente común de las ciudades-. La Planificación De Los Argumentos Explicitativos Para El Puntual Ensamblaje Del Discurso Comfortstable En Vías De La Distribución Operativa Del Mismo corría a cargo de la Comisión Intelectual Publicitaria de la Junta Permanente, y pronto su feliz elaboración estuvo a punto y contó con el visto bueno de las autoridades competentes -autoridades que, por cierto, sería la última vez que se arrogaban semejante adjetivo-.

Aún permanece viva en mi mente la imagen concreta de lo sucedido: las pantallas digitales copaban las diversas paredes de los hogares urbanos; un despliegue sin parangón de micromicrófonos auscultaba el seguimiento masivo del Discurso Comfortstable; cada entelequia, cada singular pronombre, cada introspectiva interrogación se preparaba para recibir en sí el nuevo imperativo del progreso técnico-metafísico que habría de reparar los desarreglos existenciales de cada uno a posteriori y de por vida.

Se produjo un chispazo casi inaudible, que fue agigantando su luz poco a poco en un principio y vertiginosa y brillantemente después, hasta provocar la ceguera momentánea en todos los que atendían al programa. Tras el estallido lumínico, llegaron las distintas ráfagas anuladoras del rechazo -que, en la jerga de la Junta Permanente y sus consortes, recibían el nombre de Zoom Retroabstractivo-, las cuales tenían como misión aniquilar todo rastro de sentimiento autonocivo. Momentos después se proyectaba una retahíla de imágenes acompañadas de oraciones simples, inconexas entre sí, con el propósito de mostrar al público que nadie debía subordinarse a nadie y nada era tan complejo como para inquietar a los nuevos entes porque, de hecho, lo inteligible había sido expulsado definitivamente de la faz de la Tierra.

El experimento duró varias semanas; al cabo de este tiempo, los habitantes de los grandes y medianos y tal vez pequeños núcleos urbanos salieron a la calle para reconocer el nuevo mundo que les había sido deparado. En los arcenes, la impresión no podía ser más patética: jirones de figuras y trazos de diversos colores vagaban sin saber qué hacer ni a dónde dirigirse; no se podía reconocer nada, nada se admiraba y nada significaba ni podía ni deseaba significar; herméticos versos se hacían opacos a cualquier comprensión ajena mientras mínimas pinceladas caían desvaídas por doquier, desapareciendo ambos ante la indiferencia máxima de los que aún conservaban algún interrogante que los vertebraba, manteniéndolos en pie a duras penas.

La multitud informe, desparramada por las calles como una mancha asquerosa, presentaba un rancio y homogéneo color de podredumbre. La Junta Permanente no tardó en quedar sepultada por sus propias excrecencias, y asimismo todos los comités y comisiones, y aparatos propagandísticos y técnicos al servicio de la deshumanización del hombre. Desde las innumerables esquinas de las ciudades, las exclamaciones profirieron agónicos aullidos y las metáforas se resquebrajaron dejando al descubierto cientos de sensaciones; los hierros entrelazados se fundieron para permitir a los árboles respirar y allí donde la bombilla parpadeaba irritantemente se volvió a ver al tartamudo vendedor de periódicos.

Los hombres volvieron a imaginarse hombres, pero eso será otra vez, supongo, en algún que otro núcleo urbano –porque todo el mundo sabe, o cree saber, que este tipo de cosas sólo acontece en los núcleos urbanos-.

23 de febrero de 1999